lunes, 21 de noviembre de 2011
del diccionario de Anita Leporina
miércoles, 9 de noviembre de 2011
viernes, 4 de noviembre de 2011
El día que metí un gol
viernes, 28 de octubre de 2011
son las 4 am en Asuncion
miércoles, 12 de octubre de 2011
Del album de figuritas de mi corazón
miércoles, 28 de septiembre de 2011
martes, 27 de septiembre de 2011
Martes en el mercado de pulgas
martes, 20 de septiembre de 2011
domingo, 11 de septiembre de 2011
Sorry! (García girl en glamoroso eslalon por la vida)
Hace unos días choqué. Di marcha atrás y pum! En el espejo retrovisor me pareció ver el ceño del conductor perjudicado: cejas rectas sobre ojos-redondel, clásico semblante de los maltratadores de animales, o de los vecinos que nunca devuelven la pelota si cae en su patio, incluso de los terroristas a veces asesinos.
Se bajó del auto: era una chica joven, que del asiento del acompañante sacó dos muletas probablemente plegables y caminó hasta mi puerta con mucha dificultad. Los brazos y las piernas tenían una forma extraña, quebrada en lugares donde no hay articulaciones, como una langosta a medio aplastar cuando retirás el zapato y sigue viva.
No, no era nazi. Arrollé a una minusválida.
Después de buscar las cosas en la guantera salí del auto. De inmediato le pedí disculpas. A pesar de que era horario pico, no había mucha gente en la calle. A excepción del chico que limpia los vidrios en esa esquina, los pocos que pasaban siguieron caminando indiferentes.
La (me parece que esta no es la palabra, ayúdenme por favor suplantándola en sus cabezas por la adecuada) malnacida estaba muy nerviosa. Aunque llegué a palmearle los hombros en mi intento por tranquilizarla, siguió llorando con desconsuelo y con la respiración entrecortada. Que el limpiavidrios se acercara me dio pie a rodear el auto para ver lo que había dejado el choque.
En mi auto apenas unos rayones, por ahí la óptica desacomodada en una leve declinación (como el ojo derecho de ella: mirando siempre hacia abajo), pero el otro coche sí acusaba las marcas del impacto. Una abolladura en forma de huevo sobre el guardabarros y el vidrio de un foco totalmente destrozado.
Estallaron los gritos: pelea entre la chica y el limpiavidrios. Ella quería traer a la policía y obligarlo a declarar como testigo. Él le respondía que si llamaba a los ratis la iba a matar. Por la tonada me di cuenta de que era paraguayo o boliviano.
Lo que estaba pasando me daba un poco de vergüenza. Casi al borde de un ataque cardíaco ella se dejaba caer sobre el baúl de su auto con los brazos en cruz; los dientes me dolieron por el chirrido metálico de las muletas contra la chapa. Con los ojos achinados abiertos, tanto que sobresalía la blancura, el boliviano se desesperaba tartamudeando unos insultos en guaraní.
De un solo movimiento repentino la mujer se puso boca abajo sobre el baúl y entonces el chico se irritó aun más: como en un espasmo torcía la columna mientras caminaba en círculos. Enseguida entendí que estaba paqueado.
Para esquivar el baile frenético volví a rodear el vehículo. Del lado opuesto me estiré hasta tocar a la mujer. Qué difícil abrirle el puño para dejar el papelito con mis datos. De la cartera saqué un billete de mediana denominación. Con la técnica que me enseñó Anita Leporina (doblándole la punta hacia adentro para que haga contrapeso)armé un avioncito y se lo tiré al limpiavidrios. Aunque el billete le impactara en la mejilla no dejó de bailar su carnavalito de maldiciones. Subí al auto. Al fin y al cabo era solo un rasguño.
Por la emoción del choque el embrague se me trabó. Creí que el auto se apagaría tras el último corcoveo pero el motor logró salir del paso. Pienso que detrás de los vidrios polarizados de la cerrajería un hombre gordo me miraba, seguro pensando que es un peligro que una chica maneje así en la ciudad.
Antes de tomar por la diagonal miré hacia atrás, esta vez girando el cuello tras el apoyacabezas: con una copia del comprobante de pago de mi seguro ella se secaba las lágrimas. Más atrás, el boliviano se alejaba rumbo a la otra esquina: apostaría que en los bolsillos una de las manos acariciaba el billete-avioncito. Qué suerte que se pudo solucionar todo. Los rayones ni se notan y la óptica trasera es cuestión de saber cómo acomodarla.
viernes, 26 de agosto de 2011
Por qué no soy como Scarlett Johansson? (Orsi al teclado)
1. La injusticia de la naturaleza. No quiero que nadie venga a defender a la señora naturaleza en sus muchas variantes reino animal, vegetal o fungi. Me parece bastante forro de su parte a unos dar tanto y a otros tan poco, como por ejemplo a:
2. porque dios no existe y reina el caos.
miércoles, 17 de agosto de 2011
motivadas
Segundo, el jueves nos vemos en la Cancha de La Lora para entrenar (3 y 44).
Un beso y nos vemos.
P.
lunes, 15 de agosto de 2011
secuencia narrativa
domingo, 7 de agosto de 2011
Llamado a la solidaridad
sábado, 23 de julio de 2011
Lepóridos y descamisados
jueves, 21 de julio de 2011
Desde el Infierno (García de vacaciones)
Ayer a la tarde llegué a Córdoba. Es un lugar que tiene unas montañas y un río con vacas o caballos, no sé bien.
No hay internet. Así que me tienen aquí unplugged.
Uno de los gauchos que nos renta el bungalow se fue a un pub-almacén donde se juntan a tomar unos drinks.
La cocina es a gas, onda costumbrismo del 90, me encanta. Estoy buscando el wok pero no lo veo.
Lo que más me gusta es que está lleno de naturaleza: pasto, árboles, aire, el sol, nubes. Me sorprende que a pesar de la sequía las plantas crezcan tan fuertes y verdes. A unos metros de la casa cuesta bajo corre un arroyito por donde se va la caca de los pobladores.
Más allá del jardín del bongalow hay como un duplex de chapas donde vive una familia pobre con palos y perros, ultrapintoresco. Son un montón de hermanitos. Alex, el más menudo, es mi favorito. Se encarga de meterse en el tiraje del hogar a leña para remover el hollín. Hoy a la mañana se pintó con carbón una carita en un globo que le sale del cuello. Una risa! A diferencia del resto de la familia él sí es amable. Casi lo invitamos a almorzar con nosotros.
Tengo que volver pronto a la casa. Les dejo unos besis a todis, cuentenme qué están haciendo ustedes.martes, 12 de julio de 2011
un poco de identidad
Sábado a la mañana. Me despierto feliz: el diariero ha dejado la última novedad editorial de Vox. Bajo las escaleras corriendo para hacerme del librito. Mis padres están leyendo el diario en la cocina mientras desayunan.
-Piercings, tatuajes, cresta; lo normal... algo que te dé un poco de identidad, hija. Lesbianismo, no sé...
miércoles, 6 de julio de 2011
un símil cotidiano
jueves, 23 de junio de 2011
caridad inc.
lunes, 20 de junio de 2011
sábado, 11 de junio de 2011
Algunas notas de color de nuestra personalidad


miércoles, 8 de junio de 2011
Kolinos mata Kollontai
viernes, 3 de junio de 2011
La vida amorosa
domingo, 29 de mayo de 2011
miércoles, 20 de abril de 2011
martes, 19 de abril de 2011
Graduación
jueves, 14 de abril de 2011
lunes, 28 de marzo de 2011
Intimidades, inquisición
Yo le respondí: "No sé, estoy terminando la carrera, me colgué; tal vez porque sólo necesito tomarme un recreo, o por ahí se agotó la materia narrativa que puedan darme los personajes como voces, a nivel ideológico casi se podría decir..."
-Claro, claro -me dijo él mientras se abanicaba con unos bonos de la obra social, y después me preguntó la razón por la cual yo no había vuelto a verlo (que era lo que temía que pasara).
Yo estaba en la sala de espera buscando un minuto libre de la secretaria para sacar turno con mi nuevo ginecólogo. Eso generaba toda una situación incómoda que quería evitar porque no sé cómo se maneja esto del "cambio de contratación de servicios", digamos. A veces tengo que ir al supermercado de los chinos que queda en la cuadra siguiente al almacén donde compro siempre y con cuyo dueño hablo amistosamente del clima o de Fabián Rinaudo. Yo siempre le compro al almacén pero, cuando quiero uva moscatel, no hay tutía, la de los chinos no falla, tengo que ir al supermercado. Pero qué le voy a andar explicando al almacenero tan querible por qué en esa oportunidad no le compro a él (¿será el hollejo de sus uvas lo suficientemente grueso como para que el señor alcance a deglutir una autocrítica?). Me he visto obligada a dar la vuelta manzana y cuatriplicar el recorrido con tal de no enfrentar (que me vea pasar por la vereda de enfrente cargando la bolsa estampada con el dragón rojo sólo fermentaría el bochorno) la situación. He llegado a camuflar más de un vívere entre el ciprés podadito del jardín delantero de una vecina para recién después entrar al almacén, porque no, no da caer al negocio con la bolsa del delito, oriental traición. No sé cómo resuelven esto ustedes en sus barrios...
Y la verdad es que me dio la misma vergüenza cuando el Dr. Humbert me hizo esa pregunta, y creo que hasta un poco de pena también cuando comprobé la inmaculada prolijidad de su blanco uniforme, era como verlo fregando el guardapolvo en esas tablas de madera con el pan de jabón, arruinándose las manos ¿para qué? ¿para que yo lo traicione y sin aviso cambie de profesional? Quizá la causa de que nuestra relación médico-paciente no haya florecido tenga que ver con la falta de tiempo para desarrollar un vínculo de confianza sólido, mediante el cual el diálogo clínico podría arrojar más luz sobre potenciales diagnosis. Que hubiese intentado abusar de mí ("attempted to molest me" sería una acusación más exacta) también debe haber influido.
Por suerte él fue el que dio pie para cortar la charla:
-¿Por qué no probar con una propuesta más realista y al mismo tiempo introspectiva? Volver a la tradición del diario íntimo... ¿Has leído a Mouriauge? -concluyó la pregunta dibujando con el índice sobre mis pechos un signo de interrogación que remató con la presión de la yema de su dedo en mi pezón izquierdo, como puntuando el signo o apretando un botón.
Encontré ambas cosas de pésimo gusto:
-Mouriauge es un producto de la ficción basura. El pacto de lectura más rudimentario que se puede proponer, el de la reality-TV.
Como si hubiera previsto mi pueril arrebato de indignación estética, el Dr. Humbert extrajo una muestra gratis de anticonceptivos del bolsillo de su guardapolvo. La punta ensangrentada de un guante de látex se asomó y, después de agarrar la cajita, hice como que metía rápido la cabeza en una nota periodística sobre la enfermedad terminal del caballo de polo de un nieto de Mirtha Legrand.
Con el rabillo del ojo lo vi desaparecer tras una puerta vaivén de acceso restringido.
En la revista, que seguí leyendo hasta que la secretaria se desocupó y me tomó el pedido de turno, también había un artículo sobre un autor de teatro de revista y varieté que hace mucho que no produce nada. "Mi nueva novia me está ayudando a superar el síndrome de la página en blanco" era el título proyectado sobre la foto a dos páginas de él en un jacuzzi junto a una chica muy linda y joven. Entonces se me ocurrió que es eso lo que tengo yo: el síndrome de la página en blanco.
Mientras salía de la clínica con la cabeza gacha procurando no pisar la línea que separaba cada uno de los pálidos azulejos, escuché como un susurro: Conchita, conchita mía.
No me atreví a levantar la cabeza.
Después no pasó nada más. Simplemente quise continuar el texto para que no termine en esa frase, que es como Mouriauge lo hubiese terminado.
viernes, 28 de enero de 2011
Este blog lamenta despedir a
miércoles, 26 de enero de 2011
Clarividencia
Medio sorda, mi abuela sabe que es más fácil entender si lee los labios
(También sabe que es más fácil mentir a oscuras)
***
Con tan escueta entrada reinauguramos este espacio y los invitamos a leer un post de diciembre, recién visible ahora. (Sí, colgué. Banquen):
lunes, 24 de enero de 2011
La muerte de Passepartout
En primavera se volvió loco. Tenía dos años. Cuando me acercaba a la jaula lo veía correr de acá para allá frenético. Tal vez para llamar mi atención. Una vez se detuvo de golpe. Me miró fijo, despacio se llevó la cola a las manitos. Abrió la boca sin dejar de mirarme. De golpe se mordió su propia colita, los incisivos hundidos en esa víbora rosa.
Después empezó con lo de morderse y arrancarse la piel. Primero una lastimadura, después otra y otra. Minaya diagnosticó: "No pueden ser alergias ni hongos. Sarna".
Dejé de ofrecerle la mano para que se subiera a mis hombros. Tenía casi dos años. Haciéndolo pender de la cola le unté una crema con corticoides en las pústulas pero fue peor: cada vez se rascaba más fuerte y se arrancaba pedazos de piel más grandes.
-En la facultad vemos caballo, perro y gato. Nada de roedores -el veterinario dijo que no sabía qué tenía.
miércoles, 15 de diciembre de 2010
martes, 30 de noviembre de 2010
Un post navideño
Para estas fiestas mi madre ha obligado a mi abuela a escribir tarjetas con saludos navideños.
Mi abuela desempolva la libreta. Se pone los anteojos. Me pide un lápiz. Primera página. Lee. Tacha.
lunes, 15 de noviembre de 2010
Literatura contestataria

Pero no todos cuentan con el privilegio de que proteste contra su madre vía estado-trágico-de-Facebook.
lunes, 8 de noviembre de 2010
Pérdida. Día 16
Estiró el cuello hacia adelante para alcanzar con la vista las piernas desnudas. Ya casi estaba seca. Como todavía le quedaban algunas gotas resbalándole por las pantorrillas usó la toalla celeste que se había enroscado en la cabeza. La palpó un poco. No estaba tan húmeda.
Sobre el borde de la bañera apoyó la punta de un pie. Se ajustó el toallón verde manzana que le envolvía el torso con un nudito a la altura de las axilas. La tela celeste subió desde el tobillo hasta la mitad del muslo barriendo las gotas. Después la otra pierna.
Al bajar el pie un resbalón la hizo tambalearse. Le costó recobrar el equilibrio para no irse al suelo. Tenía que acomodar la barra de la cortina: reducir al mínimo la distancia entre la tela plástica y la pequeña pared de la bañera. De otro modo el agua de la ducha se filtraba empapando el piso.
En puntitas colgó la toalla. Cuando volvía sobre sus talones para desempañar el espejo y empezar a peinarse vio la mancha. Una bolita roja de la medida de una uña, morada en los bordes y de un granate más espeso en el centro, que contrastaba con el blanco de los azulejos del piso. Sobresalía levemente de un charco de agua formado junto a la rejilla. De lejos esa diminuta isla bordeaux podía pasar por una mora.
Se puso en cuclillas para verla con claridad. Un coágulo de sangre que seguramente le había caído de entre las piernas mientras se secaba los tobillos. Respiró hondo mirando a su alrededor. No es algo bueno perder sangre. Para colmo, ni siquiera cerca del período -perdió la mirada en la horizontal del zócalo.
Atrás del bidet había un objeto. Se paró y apoyó una mejilla contra la pared sudorosa. Entre los caños que se metían en los azulejos llegó a distinguir el cabito blanco y los pelos grises de una pluma. Tal vez había viajado desde la calle pegada a la suela del zapato de uno de sus padres. El cálamo terminaba en una punta afilada como una aguja de tejer que la tentó a rodear el bidet con un medio abrazo y agarrarla.
En un reflejo se la llevó a la cara haciendo correr las tersas barbas de la pluma por la piel de su cuello. Había encontrado el instrumento con el que examinaría el bultito rojo. Casi desatando del todo el nudo dejó que la toalla se aflojara. Cortó un tramo de papel higiénico y constató que no perdía sangre.
Algo de agua le humedeció los glúteos no bien tomó asiento sobre el piso con las piernas cruzadas frente a la mancha. Acercó la pluma al objeto; encorvaba los hombros. Aun cuando los músculos se resistieran mediante unos tirones calurosos que arrancaban desde la nuca, con esa posición ganaba una imagen más nítida del coágulo. Hundió el cálamo unos milímetros. La viscosidad de la bolita parecía soportar esa penetración sin atascos –una cuchara en gelatina.
Bruscamente el movimiento se interrumpió. La chica desenterró la pluma de la pelotita, acaso había puesto punto final a la operación. Con un esfuerzo extra de la espalda y otro tanto de la nuca, acortó la distancia que la separaba del objeto de examen hasta donde se lo permitieron los tirones cada vez más intensos.
El brillo translúcido del coágulo se había biselado; parecía un rubí. Por encima se desprendía una capa superficial que en uno de los bordes se elevaba formando una especie de lengüeta.
Notó que la punta de la pluma estaba teñida de una ínfima mancha roja más chiquita que la cabeza de un alfiler. Después de colocar la punta por debajo de la solapa consiguió que la lámina se despegara. Con suavidad fue corriendo la cobertura, era como pasar la página de un libro muy frágil. Al fin la capa quedó a un costado, fuera del charquito que rodeaba al coágulo. Por dentro la pelota mostraba una coloración más clara: rosada y lustrosa, como untada con lubricante.
Era mejor cambiar de posición. Soltó la pluma y se recostó boca abajo para examinarlo más de cerca. El agua del piso atravesaba la toalla llevando frío al vientre. Los brazos cruzados bajo el pecho le proporcionaban el apoyo que le permitía sostener el torso en alto de modo de arrimar los ojos al bulto.
Vio la cabeza, los bracitos, las dos piernas. Un feto del tamaño de un botón. Todavía quedaba algo de esa película liviana cubriéndole la cara como una máscara. Quería verle los rasgos.
Acercó muy despacio el extremo filoso al velo morado. A unos milímetros rotó la pluma para que el cálamo pudiese escarbar levemente si se hacía necesario. La ínfima manchita roja de la punta quedó a la vista. Mal que mal era un hijo. Dio vuelta el bisturí: los pelos de la pluma eran suaves y la intervención podía llegar a pasar casi por un mimo.
Cansaba bastante sostener el instrumento a mano alzada. Quizá apoyar parte de la palma en el piso le daría la precisión que le hacía falta. El feto se sacudió como mecido en una cuna invisible. No podía ser… a menos que el nudillo del meñique hubiese generado como una marea al sumergirse un poco en el charco. Ante todo, entonces, había que sacar al cosito de la pequeña laguna que lo rodeaba.
En ese azulejo las gotas que había dejado filtrar la cortina de la ducha se habían dispuesto dejando un charco con aspecto de S. Tiene la forma de Paraguay precisó. Visto desde este punto de comparación, el bulto se encontraba en la localidad boqueronense de Mariscal Estigarribia, al noroeste de Concepción, o lo que es lo mismo, en el centro del charco, un poco corrido hacia la izquierda. Desde que la envoltura removida cerraba el paso en la frontera oeste, el trayecto más corto para atoar el feto fuera del agua era hacia abajo. Sacarlo por Formosa, digamos. El problema era que cruzar el Pilcomayo a esta altura significaba entrar en territorio de la rejilla. Exponer ese cuerpo como de gelatina a las rendijas del desagüe —ni hablar— no era una opción a tener en cuenta. Le quedaba hacer frente al camino que, aunque un poco más largo, prometía mayor seguridad: hacia la derecha.
Se trataba ahora de dar con el modo de remolque para arrastrar el bulto. Apoyando la sien a ras del piso llegó a ver que la mitad inferior de la cobertura todavía seguía ahí, como media cáscara de nuez acogiendo al coso. La redondez de la base invitaba a un deslizamiento sencillo pero, a cambio, amenazaba con inclinarse demasiado y acabar dando una vuelta campana. Optó por hacer girar al embrión sobre sí mismo unos ciento ochenta grados, a la manera de una aguja que de marcar las nueve horas pasa a señalar las tres en punto. Con cada mediogiro se acercaba a una distancia de un cuerpito. La cosa pasaba por ejecutar una presión pareja que no desbalanceara el frágil equilibrio convexo de la base de apoyo.
Estaría a una sola rotación de llevar a buen puerto al feto gracias a su estrategia de desplazamiento hacia el oeste. Como el aspa de un molino, el cuerpo rotó por última vez a estribor y las extremidades inferiores quedaron a resguardo del agua.
El ruido de la puerta hizo que la chica dejara caer la pluma.
-¿Falta mucho para que desocupes el baño, Ivana?
Lo sintió como si el padre le hubiera golpeado en el pecho.
-Ya lo dejo, papá. Dame un minuto.
-Tengo quince para bañarme y salir.
-¡Ahí va!
No alcanzó a oír si los pasos se alejaban. Se había acercado a la puerta y se tapaba pechos y pelvis con las manos. El toallón verde caía de costado dejando ver el pezón derecho. El espejo seguía empañado por el vapor; la toalla celeste, colgando junto a la ducha; la cortina, replegada a un costado como un acordeón. Tenía que llevarse al feto. Y la pluma.
A la lámina cobertora sí la retiró con papel higiénico para arrojarla por el inodoro. Necesitaba un recipiente que brindara cobijo al bulto. Sin la certeza de que no habría moros en la costa había que mantenerlo escondido en el camino hasta el dormitorio. Revolvió los estantes del armario. Se hizo con un peine, la tapa del desodorante de su padre y el billete de dos pesos que unos días atrás había encontrado en el bolsillo del jean. Tendió el billete junto al feto enclavando los ángulos de ese extremo del papel mediante los dedos índice y mayor. Con el penacho de la pluma dio el empujoncito que hizo subir el feto al papel moneda. El cuerpo tapaba al menos dos renglones de la Historia de Belgrano. Con lentitud Ivana elevó esa suerte de alfombra semi-rígida que era el billete y colocó su palma izquierda por debajo. La tapa del desodorante haría las veces de cúpula protectora. Ubicó el cilindro blanco en el centro de su mano y lo cubrió echando encima la ropa sucia. Después de ajustarse el toallón introdujo la pluma entre sus senos.
En el pasillo la corriente le refrescó la cara. Apenas se asomó a la cocina, el hombre dejó caer el mate sobre la mesada de material. “¡Al fin!” rezongó con una media sonrisa mientras alzaba las manos como si agradeciera al Cielo. Ivana lo vio estirarse hacia una silla para agarrar pantalón, medias y camisa —las manos velludas se detuvieron en un ojal.
-¿Sabés dónde hay alfileres de gancho, Ivana? —la pregunta la obligó a frenarse junto a la mesa, a medio camino; le preocupaba que la carga de la ropa volteara la tapa del desodorante y terminara aplastando a su abortito.
-No. Ni idea —a lo lejos oyó un chillido agudo: las bisagras vencidas de una puerta abriéndose o un bebé que lloraba— ¿Podrías bajar un poco la barra de la cortina, papá? Se pasa el agua y queda todo empapado.
Retomó la marcha: salió de la cocina y entró a su dormitorio. La mano que quedaba libre echó llave a la puerta. Con cuidado quitó camisón, corpiño y bombacha de su brazo izquierdo. La tapita blanca había resistido. Después de retirar la tapa dejó el billete sobre la almohada. Se acuclilló junto a la mesa de luz. Le dolía el cuello: se le había hecho un nudo en la espalda. En un movimiento de pequeños círculos, las yemas de la mano tantearon la masa muscular agarrotada. Sentarse en el suelo cruzando las piernas le daba un respiro al cuerpo y le dejaba la línea de visión un poco por encima del feto. Las barbas le hicieron cosquillas cuando se sacó la pluma de entre los pechos. La toalla cayó sobre su falda. Se le endurecieron los pezones: pequeñas grietas iban creciendo y ramificándose desde el borde de las aureolas hacia el centro y en el sentido inverso. Así la piel roja se arrugaba al tiempo que el pezón se iba elevando. Contraída y tensa, la aureola había reducido su tamaño.
Giró para prender la lámpara. Bajo esa luz le costaba trabajo identificar las distintas partes del cuerpito. El pedazo de costra continuaba en su lugar ocultando la cara del embrión. La idea era usar el penacho de la pluma tal que enganchara entre dos pelos la lámina, como una pinza.
No se decidía a correr ese velo hasta no garantizar cierto rigor milimétrico en la manipulación del instrumento. Observó la sombra de sus manos proyectada en las sábanas: una mediación que podría permitirle tomar distancia de su propio cuerpo y hacerse una idea más confiable sobre su pulso.
Arrimó la pluma. Uno de los pelos rozó la piel blanda. Quizá los ojos del fetito la estuvieran mirando tras el manto gomoso.
La pluma se enterró en el coágulo deshaciéndolo. Un escalofrío le arrancó desde el centro del pecho estremeciendo hombros y brazos. Lo último en temblarle fueron las manos. Se llevó la pluma a la cara: entre pelo y pelo gotas rojas, un poco violáceas y un poco rosadas. En el billete, una manchita gelatinosa embadurnaba el flequillo ladeado del General Mitre. Por suerte no había alcanzado la almohada.
























