Sin lugar a dudas es una suerte que, ni bien venidos al mundo, tengamos gente cerca que nos proteja de los innumerables peligros que acechan en esta viña del Señor.
Estamos gateando y enfilamos para el balcón, siempre hay una mano amiga que nos levanta y nos deposita en el corralito. Salimos de la pileta y atacan las ganas de tomar Coca-Cola, siempre existe esa garganta comedida que nos reconviene:
¿Querés ponerte unas ojotas, pedazo de pelotuda?Lo mismo para el caso de las tan atractivas bolsas de supermercado y su ineluctable influjo seductor sobre nuestras tiernas mentecillas:
Ni si te ocurra ponerte esa bolsa en la cabeza ¿Sabés todos los nenes que se murieron asfixiados jugando así?Sensatos y razonables gestos de amor! Qué sería de nosotros sin ellos...
Por eso hoy día me
alegro tanto cuando en invierno voy a lo de la
abuela y al verme ya comienza a gritar:
"-
NOOOO!! Acomodate esa bufanda ahora mismo, que te podés morir como Isadora Duncan".
Isadora Duncan (1878-1927) fue una bailarina norteamericana que murió estrangulada por su propio chal mientras manejaba un descapotable en Niza.
Siempre me detengo a pensar en los prudentes consejos que nos dan nuestros mayores. Esta advertencia en particular suelo oírla a menudo, ni bien asoma la cabeza la temporada otoñal con sus bajas temperaturas.
Ahora, parada en la esquina y muerta de frío, extiendo el brazo más allá de la línea del cordón mientras se me ilumina la cara con el cálido recuerdo del amoroso consejo que
Madre me dio antes de salir de casa:
"-Con toda esa lana colgando no, enrollala entera alrededor del cuello si no querés morir como Isadora Duncan".
Procuro que la bufanda quede bien enroscada y me subo al 273.