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recuerdo del museo Frida Kahlo
("Mischwesen kalé" o "Un guiso de lentejuelas")
Es indudable que el olor a melón viene de ese programa de seminario sobre teoría sintáctica simplificada. Gracias, profesor, por el toque subtropical
Hace unos días choqué. Di marcha atrás y pum! En el espejo retrovisor me pareció ver el ceño del conductor perjudicado: cejas rectas sobre ojos-redondel, clásico semblante de los maltratadores de animales, o de los vecinos que nunca devuelven la pelota si cae en su patio, incluso de los terroristas a veces asesinos.
Se bajó del auto: era una chica joven, que del asiento del acompañante sacó dos muletas probablemente plegables y caminó hasta mi puerta con mucha dificultad. Los brazos y las piernas tenían una forma extraña, quebrada en lugares donde no hay articulaciones, como una langosta a medio aplastar cuando retirás el zapato y sigue viva.
No, no era nazi. Arrollé a una minusválida.
Después de buscar las cosas en la guantera salí del auto. De inmediato le pedí disculpas. A pesar de que era horario pico, no había mucha gente en la calle. A excepción del chico que limpia los vidrios en esa esquina, los pocos que pasaban siguieron caminando indiferentes.
La (me parece que esta no es la palabra, ayúdenme por favor suplantándola en sus cabezas por la adecuada) malnacida estaba muy nerviosa. Aunque llegué a palmearle los hombros en mi intento por tranquilizarla, siguió llorando con desconsuelo y con la respiración entrecortada. Que el limpiavidrios se acercara me dio pie a rodear el auto para ver lo que había dejado el choque.
En mi auto apenas unos rayones, por ahí la óptica desacomodada en una leve declinación (como el ojo derecho de ella: mirando siempre hacia abajo), pero el otro coche sí acusaba las marcas del impacto. Una abolladura en forma de huevo sobre el guardabarros y el vidrio de un foco totalmente destrozado.
Estallaron los gritos: pelea entre la chica y el limpiavidrios. Ella quería traer a la policía y obligarlo a declarar como testigo. Él le respondía que si llamaba a los ratis la iba a matar. Por la tonada me di cuenta de que era paraguayo o boliviano.
Lo que estaba pasando me daba un poco de vergüenza. Casi al borde de un ataque cardíaco ella se dejaba caer sobre el baúl de su auto con los brazos en cruz; los dientes me dolieron por el chirrido metálico de las muletas contra la chapa. Con los ojos achinados abiertos, tanto que sobresalía la blancura, el boliviano se desesperaba tartamudeando unos insultos en guaraní.
De un solo movimiento repentino la mujer se puso boca abajo sobre el baúl y entonces el chico se irritó aun más: como en un espasmo torcía la columna mientras caminaba en círculos. Enseguida entendí que estaba paqueado.
Para esquivar el baile frenético volví a rodear el vehículo. Del lado opuesto me estiré hasta tocar a la mujer. Qué difícil abrirle el puño para dejar el papelito con mis datos. De la cartera saqué un billete de mediana denominación. Con la técnica que me enseñó Anita Leporina (doblándole la punta hacia adentro para que haga contrapeso)armé un avioncito y se lo tiré al limpiavidrios. Aunque el billete le impactara en la mejilla no dejó de bailar su carnavalito de maldiciones. Subí al auto. Al fin y al cabo era solo un rasguño.
Por la emoción del choque el embrague se me trabó. Creí que el auto se apagaría tras el último corcoveo pero el motor logró salir del paso. Pienso que detrás de los vidrios polarizados de la cerrajería un hombre gordo me miraba, seguro pensando que es un peligro que una chica maneje así en la ciudad.
Antes de tomar por la diagonal miré hacia atrás, esta vez girando el cuello tras el apoyacabezas: con una copia del comprobante de pago de mi seguro ella se secaba las lágrimas. Más atrás, el boliviano se alejaba rumbo a la otra esquina: apostaría que en los bolsillos una de las manos acariciaba el billete-avioncito. Qué suerte que se pudo solucionar todo. Los rayones ni se notan y la óptica trasera es cuestión de saber cómo acomodarla.
Ayer a la tarde llegué a Córdoba. Es un lugar que tiene unas montañas y un río con vacas o caballos, no sé bien.
No hay internet. Así que me tienen aquí unplugged.
Uno de los gauchos que nos renta el bungalow se fue a un pub-almacén donde se juntan a tomar unos drinks.
La cocina es a gas, onda costumbrismo del 90, me encanta. Estoy buscando el wok pero no lo veo.
Lo que más me gusta es que está lleno de naturaleza: pasto, árboles, aire, el sol, nubes. Me sorprende que a pesar de la sequía las plantas crezcan tan fuertes y verdes. A unos metros de la casa cuesta bajo corre un arroyito por donde se va la caca de los pobladores.
Más allá del jardín del bongalow hay como un duplex de chapas donde vive una familia pobre con palos y perros, ultrapintoresco. Son un montón de hermanitos. Alex, el más menudo, es mi favorito. Se encarga de meterse en el tiraje del hogar a leña para remover el hollín. Hoy a la mañana se pintó con carbón una carita en un globo que le sale del cuello. Una risa! A diferencia del resto de la familia él sí es amable. Casi lo invitamos a almorzar con nosotros.
Tengo que volver pronto a la casa. Les dejo unos besis a todis, cuentenme qué están haciendo ustedes.Todos los derechos de los textos publicados en este website son propiedad de Ana García Orsi. También los ligeramente torcidos. Especialmente tú pequeño espástico... eres mío, mío, mío!
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