-séptima temporada-

lunes, 8 de noviembre de 2010

Pérdida. Día 16


Estiró el cuello hacia adelante para alcanzar con la vista las piernas desnudas. Ya casi estaba seca. Como todavía le quedaban algunas gotas resbalándole por las pantorrillas usó la toalla celeste que se había enroscado en la cabeza. La palpó un poco. No estaba tan húmeda.

Sobre el borde de la bañera apoyó la punta de un pie. Se ajustó el toallón verde manzana que le envolvía el torso con un nudito a la altura de las axilas. La tela celeste subió desde el tobillo hasta la mitad del muslo barriendo las gotas. Después la otra pierna.

Al bajar el pie un resbalón la hizo tambalearse. Le costó recobrar el equilibrio para no irse al suelo. Tenía que acomodar la barra de la cortina: reducir al mínimo la distancia entre la tela plástica y la pequeña pared de la bañera. De otro modo el agua de la ducha se filtraba empapando el piso.

En puntitas colgó la toalla. Cuando volvía sobre sus talones para desempañar el espejo y empezar a peinarse vio la mancha. Una bolita roja de la medida de una uña, morada en los bordes y de un granate más espeso en el centro, que contrastaba con el blanco de los azulejos del piso. Sobresalía levemente de un charco de agua formado junto a la rejilla. De lejos esa diminuta isla bordeaux podía pasar por una mora.

Se puso en cuclillas para verla con claridad. Un coágulo de sangre que seguramente le había caído de entre las piernas mientras se secaba los tobillos. Respiró hondo mirando a su alrededor. No es algo bueno perder sangre. Para colmo, ni siquiera cerca del período -perdió la mirada en la horizontal del zócalo.

Atrás del bidet había un objeto. Se paró y apoyó una mejilla contra la pared sudorosa. Entre los caños que se metían en los azulejos llegó a distinguir el cabito blanco y los pelos grises de una pluma. Tal vez había viajado desde la calle pegada a la suela del zapato de uno de sus padres. El cálamo terminaba en una punta afilada como una aguja de tejer que la tentó a rodear el bidet con un medio abrazo y agarrarla.

En un reflejo se la llevó a la cara haciendo correr las tersas barbas de la pluma por la piel de su cuello. Había encontrado el instrumento con el que examinaría el bultito rojo. Casi desatando del todo el nudo dejó que la toalla se aflojara. Cortó un tramo de papel higiénico y constató que no perdía sangre.

Algo de agua le humedeció los glúteos no bien tomó asiento sobre el piso con las piernas cruzadas frente a la mancha. Acercó la pluma al objeto; encorvaba los hombros. Aun cuando los músculos se resistieran mediante unos tirones calurosos que arrancaban desde la nuca, con esa posición ganaba una imagen más nítida del coágulo. Hundió el cálamo unos milímetros. La viscosidad de la bolita parecía soportar esa penetración sin atascos –una cuchara en gelatina.

Bruscamente el movimiento se interrumpió. La chica desenterró la pluma de la pelotita, acaso había puesto punto final a la operación. Con un esfuerzo extra de la espalda y otro tanto de la nuca, acortó la distancia que la separaba del objeto de examen hasta donde se lo permitieron los tirones cada vez más intensos.

El brillo translúcido del coágulo se había biselado; parecía un rubí. Por encima se desprendía una capa superficial que en uno de los bordes se elevaba formando una especie de lengüeta.

Notó que la punta de la pluma estaba teñida de una ínfima mancha roja más chiquita que la cabeza de un alfiler. Después de colocar la punta por debajo de la solapa consiguió que la lámina se despegara. Con suavidad fue corriendo la cobertura, era como pasar la página de un libro muy frágil. Al fin la capa quedó a un costado, fuera del charquito que rodeaba al coágulo. Por dentro la pelota mostraba una coloración más clara: rosada y lustrosa, como untada con lubricante.

Era mejor cambiar de posición. Soltó la pluma y se recostó boca abajo para examinarlo más de cerca. El agua del piso atravesaba la toalla llevando frío al vientre. Los brazos cruzados bajo el pecho le proporcionaban el apoyo que le permitía sostener el torso en alto de modo de arrimar los ojos al bulto.

Vio la cabeza, los bracitos, las dos piernas. Un feto del tamaño de un botón. Todavía quedaba algo de esa película liviana cubriéndole la cara como una máscara. Quería verle los rasgos.

Acercó muy despacio el extremo filoso al velo morado. A unos milímetros rotó la pluma para que el cálamo pudiese escarbar levemente si se hacía necesario. La ínfima manchita roja de la punta quedó a la vista. Mal que mal era un hijo. Dio vuelta el bisturí: los pelos de la pluma eran suaves y la intervención podía llegar a pasar casi por un mimo.

Cansaba bastante sostener el instrumento a mano alzada. Quizá apoyar parte de la palma en el piso le daría la precisión que le hacía falta. El feto se sacudió como mecido en una cuna invisible. No podía ser… a menos que el nudillo del meñique hubiese generado como una marea al sumergirse un poco en el charco. Ante todo, entonces, había que sacar al cosito de la pequeña laguna que lo rodeaba.

En ese azulejo las gotas que había dejado filtrar la cortina de la ducha se habían dispuesto dejando un charco con aspecto de S. Tiene la forma de Paraguay precisó. Visto desde este punto de comparación, el bulto se encontraba en la localidad boqueronense de Mariscal Estigarribia, al noroeste de Concepción, o lo que es lo mismo, en el centro del charco, un poco corrido hacia la izquierda. Desde que la envoltura removida cerraba el paso en la frontera oeste, el trayecto más corto para atoar el feto fuera del agua era hacia abajo. Sacarlo por Formosa, digamos. El problema era que cruzar el Pilcomayo a esta altura significaba entrar en territorio de la rejilla. Exponer ese cuerpo como de gelatina a las rendijas del desagüe —ni hablar— no era una opción a tener en cuenta. Le quedaba hacer frente al camino que, aunque un poco más largo, prometía mayor seguridad: hacia la derecha.

Se trataba ahora de dar con el modo de remolque para arrastrar el bulto. Apoyando la sien a ras del piso llegó a ver que la mitad inferior de la cobertura todavía seguía ahí, como media cáscara de nuez acogiendo al coso. La redondez de la base invitaba a un deslizamiento sencillo pero, a cambio, amenazaba con inclinarse demasiado y acabar dando una vuelta campana. Optó por hacer girar al embrión sobre sí mismo unos ciento ochenta grados, a la manera de una aguja que de marcar las nueve horas pasa a señalar las tres en punto. Con cada mediogiro se acercaba a una distancia de un cuerpito. La cosa pasaba por ejecutar una presión pareja que no desbalanceara el frágil equilibrio convexo de la base de apoyo.

Estaría a una sola rotación de llevar a buen puerto al feto gracias a su estrategia de desplazamiento hacia el oeste. Como el aspa de un molino, el cuerpo rotó por última vez a estribor y las extremidades inferiores quedaron a resguardo del agua.

El ruido de la puerta hizo que la chica dejara caer la pluma.

-¿Falta mucho para que desocupes el baño, Ivana?

Lo sintió como si el padre le hubiera golpeado en el pecho.

-Ya lo dejo, papá. Dame un minuto.

-Tengo quince para bañarme y salir.

-¡Ahí va!

No alcanzó a oír si los pasos se alejaban. Se había acercado a la puerta y se tapaba pechos y pelvis con las manos. El toallón verde caía de costado dejando ver el pezón derecho. El espejo seguía empañado por el vapor; la toalla celeste, colgando junto a la ducha; la cortina, replegada a un costado como un acordeón. Tenía que llevarse al feto. Y la pluma.

A la lámina cobertora sí la retiró con papel higiénico para arrojarla por el inodoro. Necesitaba un recipiente que brindara cobijo al bulto. Sin la certeza de que no habría moros en la costa había que mantenerlo escondido en el camino hasta el dormitorio. Revolvió los estantes del armario. Se hizo con un peine, la tapa del desodorante de su padre y el billete de dos pesos que unos días atrás había encontrado en el bolsillo del jean. Tendió el billete junto al feto enclavando los ángulos de ese extremo del papel mediante los dedos índice y mayor. Con el penacho de la pluma dio el empujoncito que hizo subir el feto al papel moneda. El cuerpo tapaba al menos dos renglones de la Historia de Belgrano. Con lentitud Ivana elevó esa suerte de alfombra semi-rígida que era el billete y colocó su palma izquierda por debajo. La tapa del desodorante haría las veces de cúpula protectora. Ubicó el cilindro blanco en el centro de su mano y lo cubrió echando encima la ropa sucia. Después de ajustarse el toallón introdujo la pluma entre sus senos.

En el pasillo la corriente le refrescó la cara. Apenas se asomó a la cocina, el hombre dejó caer el mate sobre la mesada de material. “¡Al fin!” rezongó con una media sonrisa mientras alzaba las manos como si agradeciera al Cielo. Ivana lo vio estirarse hacia una silla para agarrar pantalón, medias y camisa —las manos velludas se detuvieron en un ojal.

-¿Sabés dónde hay alfileres de gancho, Ivana? —la pregunta la obligó a frenarse junto a la mesa, a medio camino; le preocupaba que la carga de la ropa volteara la tapa del desodorante y terminara aplastando a su abortito.

-No. Ni idea —a lo lejos oyó un chillido agudo: las bisagras vencidas de una puerta abriéndose o un bebé que lloraba— ¿Podrías bajar un poco la barra de la cortina, papá? Se pasa el agua y queda todo empapado.

Retomó la marcha: salió de la cocina y entró a su dormitorio. La mano que quedaba libre echó llave a la puerta. Con cuidado quitó camisón, corpiño y bombacha de su brazo izquierdo. La tapita blanca había resistido. Después de retirar la tapa dejó el billete sobre la almohada. Se acuclilló junto a la mesa de luz. Le dolía el cuello: se le había hecho un nudo en la espalda. En un movimiento de pequeños círculos, las yemas de la mano tantearon la masa muscular agarrotada. Sentarse en el suelo cruzando las piernas le daba un respiro al cuerpo y le dejaba la línea de visión un poco por encima del feto. Las barbas le hicieron cosquillas cuando se sacó la pluma de entre los pechos. La toalla cayó sobre su falda. Se le endurecieron los pezones: pequeñas grietas iban creciendo y ramificándose desde el borde de las aureolas hacia el centro y en el sentido inverso. Así la piel roja se arrugaba al tiempo que el pezón se iba elevando. Contraída y tensa, la aureola había reducido su tamaño.

Giró para prender la lámpara. Bajo esa luz le costaba trabajo identificar las distintas partes del cuerpito. El pedazo de costra continuaba en su lugar ocultando la cara del embrión. La idea era usar el penacho de la pluma tal que enganchara entre dos pelos la lámina, como una pinza.

No se decidía a correr ese velo hasta no garantizar cierto rigor milimétrico en la manipulación del instrumento. Observó la sombra de sus manos proyectada en las sábanas: una mediación que podría permitirle tomar distancia de su propio cuerpo y hacerse una idea más confiable sobre su pulso.

Arrimó la pluma. Uno de los pelos rozó la piel blanda. Quizá los ojos del fetito la estuvieran mirando tras el manto gomoso.

La pluma se enterró en el coágulo deshaciéndolo. Un escalofrío le arrancó desde el centro del pecho estremeciendo hombros y brazos. Lo último en temblarle fueron las manos. Se llevó la pluma a la cara: entre pelo y pelo gotas rojas, un poco violáceas y un poco rosadas. En el billete, una manchita gelatinosa embadurnaba el flequillo ladeado del General Mitre. Por suerte no había alcanzado la almohada.



3 comentarios:

Airdish number dijo...

Muy Bueno!

Desde el momento en que se sienta empecé a pensar: Que le toquen la puerta, que le toquen la puerta, que le toquen la puerta...

y como soy muy impaciente ya me estaba indignando, y este comentario iba a ser una puteada...

pero me cerraste el orto, me gusto mucho leer este texo, impecable.

Saludos

daniel menta dijo...

Cambiaste cosas! Está más ágil la lectura. Más parecida a tu prosa habitual. Pasa tu obra dramatica.

Rob K dijo...

Una obrita maestra.